A Wilson Tancara le dicen “mimado”, nunca supe bien porqué, pues viene de una de las bandas de atracos y robo de vehículos más conocidas. El otro día me contó cómo un muchacho celoso le clavó en el culo la pequeña (y yo juraba inútil) navaja que tienen los cortaúñas. Mientras terminaba el baile con la novia del clavador ya fue pensando en su venganza: días más tarde, mimado, fue a la salida de colegio del celoso adolescente y lo agarró, lo amarró, lo subió a la parte trasera de su automóvil y lo llevó hasta donde el motor caliente lo pudo subir dentro del parque Tunari, el chiquillo lloraba y rogaba por su vida, y mimado conducía con la serenidad que siempre tiene al hablar, con esa tranquilidad que te intranquiliza pues con sus largos y difíciles 20 años ha visto más cosas que un chiquillo citadino de 40. Llegaron allí, a ese sitio que escogió por nada en particular y mimado le dio un par de bofetadas (más para que se calme que para dañarlo) y luego le quitó los zapatos y los calcetines, le dio en las plantas de los pies con un palo y le clavó pedazos de hojas de afeitar en ambas plantas, lo miró sin decirle nada y se fue, dejándole el largo camino de bajada con las manos atadas.
La madre y el abogado del clavador (ahora clavado) emitieron una orden según la cual Wilson tiene que estar, mínimo, a 100 metros de su víctima. Mimado pasa sus fines de semana en la cárcel en la que visita a su familia (es el único que quedó fuera) y dice que saca fuerzas para dejar para siempre ese mundo sólo con ver a su hija que va a cumplir 2 años. La palabra que usa para describir algo superlativo es única: una vez me trajo un Ipod para que le ayude a bajar su música y cuando le pregunté porqué había escogido esa marca, dijo “Mac es bigote”.
Juan Carlos Tola, es conocido, por sus compañeros de trabajo como “El Chino”, sin embargo, y como se verá a continuación deberá ser conocido como “El Maestro” “El Capo” o algo así.
Cerca de Santiváñez, donde se encuentra la idea, a medias ejecutada, de un parque industrial para el valle cochabambino, están algunas de las granjas que la avícola IMBA tiene en este valle de lágrimas. En la granja Kantuta se crían los pollos a partir de su día 36, mismos que luego serán comidos por seres insensibles y de mal gusto.
El Chino es el responsable de cuidar tanto la granja como los pollos que allí se crían y tanto él como sus pollos viven ajenos a cualquier ajetreo citadino o convención social: mientras que las aves se amontonan en cientos y viven en una misma temperatura todos los días de su vida, Juan Carlos es quien vela por esa temperatura, luego termina su labor y se va a casa como todos (es un decir) donde es atendido con esmero por sus dos mujeres y sus tres hijos, dos con la primera y “oficial” y la menor de sus hijas con su segunda mujer, hermana menor de la primera.
Dice que no tienen celos una de otra y que viven en perfecta armonía “ayuda que no tengo suegra”. Sabias palabras.
Se llama Manuel, es conductor, es dominicano y su pasión, como la de muchos allá, es el baseball. Manuel era el responsable de llevarnos y traernos de y hasta el hotel. Como siempre sucede cuando grupos de personas se encuentran todo el día, cada quien asume que los sitios en los que se sienta son inamovibles, así que decidí sentarme al lado de Manuel quien me explicó (o por lo menos lo intentó vehementemente) los números que salen en la parte baja de la pantalla cuando a un jugador le toca su turno al bate, Manuel me fue aclarando promedios de bateo, cómo se van eliminando los equipos que juegan las Grandes ligas, procesos de selección de jugadores, entre otro asuntos tan densos para mi como la explicación del gato de Schrödinger. Manuel fue una incomparable compañía dentro y fuera del bus, pues tuve la suerte de ser elegido para acompañarle en un almuerzo que hizo que los buffets del hotel de 5 estrellas en los que nos alojó la organización se vean (y saboreen) pobres. Manuel nos llevó a una especie de mercado popular de comidas en el medio de Santo Domingo donde el arroz blanco y los porotos bayos estaban en todos los puestos, probamos un poco de todo: un montón de bichos de mar, carnes de chancho, de res y de pollo (al que no le tengo mucho cariño, pero debo reconocer que estaba buenísimo). Todo barato, todo rico, todo hecho con ese buen humor típico del Caribe. Salud, con ron blanco puro a Manuel: siempre con un chiste en la boca y un sombrero blanco a mano.
Note el lector la mirada de típica envidia cochala de la que fue acusado el autor
Con todo el dolor de mi alma tuve que decirle que no a Miguel, mi dealer de libros; había llegado en su moto y como siempre que llega esperaba con ansias el encargo: 20 minutos antes me había llamado para decirme que tenía en sus manos el libro que publicaron, creo que con motivo del bicentenario de la llajta, con las fotografías del primer fotógrafo profesional que Bolivia tuvo, Rodolfo Torrico Zamudio, sobrino de la poetiza Adela y amigo inseparable de los perros.
El trabajo de Torrico es vital para comprender la sociedad boliviana de principios y mediados del siglo pasado, central como documento visual y ético de la Guerra del Chaco y necesario para comenzar a reconocernos como generadores de planteamientos estéticos y técnicos en el ámbito fotográfico. Algo de eso es mencionado en lo único que se puede rescatar del libro: el texto introductorio escrito por Ramón Rocha, recién nombrado El Cronista de la ciudad (el Cronopio de la ciudad, le hubiera sentado mejor).
Un momento antes de que Miguel me entregue el libro ya había lamentado el diseño de la tapa, pero ese sería el menor de los males que aquejan esta publicación: la tapa blanda no protege al disco compacto que acompaña, en la solapa de la contratapa, y tampoco condice con una edición cuidada (ni con los casi 300 Bs. que cuesta). Sin embargo todo lo anterior queda pequeño al lado de los tres serios problemas que tiene el mentado tomo:
1)El proceso de digitalización de las imágenes es, cuando menos, defectuoso pues no solamente no han sido “escaneadas” con la resolución adecuada, motivo que generó varias imágenes en las que se puede observar el píxel y suscita la pregunta si no pudieron conseguir un mejor scanner o si los tamaños escogidos para la edición no eran los apropiados. En todo caso la respuesta no importa, sí en cambio la sensación de una edición con muy poco cuidado o sin el asesoramiento de un técnico capacitado.
2)Para la impresión del libro se seleccionó material de baja calidad, tanto en papel como en tinta, aquello generó un pobre resultado, en lugar de apreciar el trabajo de “El turista” Torrico me preguntaba constantemente si los tonos de grises logrados eran los pensados y obtenidos inicialmente o si eran resultado del desastre bicentenario. Intentaré explicarme: cuando la tinta o el papel son de baja calidad sucede que el color negro no termina de fijarse correctamente y se “mancha” del color que queda en la hoja con la que hace contacto, si se tiene la mala suerte de que esa hoja sea blanca, resulta que ese espacio negro queda con pequeñas marcas blancas. En un trabajo como el de Torrico en el que tanto el blanco, como el negro y toda la escala de grises son centrales una impresión así echa por tierra cualquier intención inicial del autor.
3)Finalmente lo peor que le podía pasar a un conjunto fotográfico es que se publique sin tomar en cuenta que la sucesión de imágenes no se ordenan simplemente por el formato o por el tema, editar un libro fotográfico debe ser uno de los trabajos más difíciles que existen, para muestra el botón que dejaron algunos de los maestros en este arte: Adams, Frank, Cartier-Bresson, Larraín, Killip, Szyd o Koudelka quienes tenían claro que no era suficiente hacer fotos de alta calidad (técnica y estética) y que tampoco era suficiente que cuenten una historia sino, y sobre todo, encontrar un orden particular en las imágenes que formen una idea, que construyan un concepto (o varios) que le permitan al lector ir armando mentalmente una secuencia ordenada que prefigure ideas, sensaciones, recuerdos que vayan formando un ensayo visual con objetivos claros, en fin aquello que las editoriales serias denominan edición. Sin una edición adecuada una serie de imágenes individualmente muy cuidadas tanto en forma como en fondo puede convertirse en un amasijo de carne con madera, un grupo de fotos sin orden, un cha’jchu visual, o peor… un libro de “homenaje” al más grande fotógrafo boliviano.
(Publicado en Los Tiempos, Lecturas, el 26 de Septiembre de 2010) Fe de erratas: Luego de la publicación, charlando con Mauricio Sánchez, llegamos a la conclusión de que se trataba de un error olvidarse de Cordero a la hora de establecer el fotógrafo más grande de la historia boliviana, queda entonces para el debate y se sugiere leer "al más grande fotógrafo cochala" donde dice "al más grande fotógrafo boliviano".
(De izquierda a derecha: Leonardo de la Torre, su nariz, Juan Terranova y Liliana Colanzi)
La mesa era un lujo por la compañía. A mi izquierda estaba Juan Terranova, escritor argentino cautivado por los misterios esotéricos del trancapecho de “Las islas” al que comparamos con los sándwiches de bondiola que se ofrecen a la rivera del Río de la Plata, allí cerca de la zona más exclusiva de Buenos Aires, en esos placeres se había sumergido, noche antes, de la mano de Edmundo Paz Soldán, que se ubicaba, ahora en la mesa, entre Liliana Colanzi y Tico Hasbún. El debate se formó en torno a la cantidad, consistencia y sabores de los picantes nacionales: se hizo un análisis comparativo entre las nacionales llajua y el picante de maní que acompaña a los anticuchos y el chimichurri gaucho, infaltable pareja de asados.
A mi derecha se sentó Diego Trelles Paz, peruano, Ph. D. en Literatura que ejerce la docencia universitaria cerca de Nueva York, quien explicó en qué consistían las “polladas” peruanas que la señorita Laura hizo tan populares desde su popular espectáculo televisivo Laura en América; Diego contó que son reuniones en las que los asistentes acompañan la cerveza con pantagruélicos pollos, hasta que las primeras se acaban (lo que puede ocurrir algunos días después) y que estas reuniones tienen el fin de recaudar algo de dinero para fines que van desde comprar una puerta hasta una parte de algún pasaje que permita intentar el sueño americano.
Al frente estaba, recién llegado a Bolivia (vacaciones, creo) Rodrigo Hasbún, el Tico de siempre, que profesa un vegetarianismo implacable, nacido de un profundo respeto hacia los seres vivos, que miraba con interés la ensalada que estaba sobre el plato de la artista plástica Alejandra Alarcón, sentada a su lado. Se retomó el tema de los picantes, pero fue Trelles quien entabló un diálogo sobre las sutiles diferencias entre los rocotos peruanos y sus primos locotos con el editor de finas maneras Bernardo Quiroga.
Los comensales atacábamos la comida preparada y decorada con exquisito gusto: res bañada en salsa dulce de frutos rojos del bosque, surubí en salsa de tres quesos, un “tapeque” de ensalada rusa hecho con masa de panqueques y una breve porción de brócoli aliñado con cebollas. Delicioso. Leonardo de la Torre iría a repetir el tapeque, mientras que los comensales vaticinaban el final del pulpo Paul y de sus predicciones futbolísticas.
El único que faltó en nuestra mesa, para que la charla sobre gastronomía fuese oficial, fue el óculo di vitro que charlaba manjares imaginarios a un par de mesas de distancia. El almuerzo ofrecido a los escritores, periodistas y amigos, en el marco del VI Encuentro iberoamericano de escritores en los jardines del Centro Simón I. Patiño, terminó con una coreografiada salida de los participantes ante la inminencia de la última de las semifinales de la copa sudafricana.
Cuando todos ya se iban de prisa, todavía alcancé a quedarme con Alfredo Bryce Echenique, el Maestro, bajo la sombra de los árboles, a charlar un momento sobre la curiosidad que tienen naturalmente los periodistas latinoamericanos, me aseguró que en esta parte del mundo tenemos mejor periodismo que en Europa pues allá, me dijo, “tienen tanta satisfacción de pertenecer al primer mundo que tienen una mirada muy alta de ellos y muy baja de los demás” que, además, han perdido la frescura y las ganas de indagar sobre cualquier tema, mientras que los latinoamericanos, dice, escribimos con un “complejillo de inferioridad, pero somos más cultos, más universales y todo nos interesa porque venimos de diferentes culturas”
Mientras Bryce hablaba y yo tomaba notas sobre cuán útil es hacer crónicas que tengan trasfondos literarios, las diminutas hojas seguían cayendo de los frondosos árboles sobre nosotros ¡Buen provecho!
Tomás está sereno. Sentado. Mira sus manos sobre las de Susana, su mujer en el otro mundo. Juega con las manos de ella y no quiere terminar de levantar la cabeza para mirarla. Todavía no cree que se hayan vuelto a encontrar. Le teme a esos ojos que no ve hace diez años, pero que lo acompañaron hasta el último respiro.
Tomás Eloy Martínez y Susana Rotker ya están juntos. Hace casi diez años que el maestro del periodismo esperaba este momento, desde ese 27 de noviembre de 2.000 cuando un bus le quitó de las manos, literalmente, la vida de la mujer con quien vivía y a quien tantas cosas Eloy le debía en sus escritos. Rotker escribió, entre otras cosas, un indispensable libro sobre la Historia de la crónica y su relación con el periodismo y la lucidez de esa mujer está y se agradece en cada párrafo.
Tomás Eloy ha muerto y detrás de él miles de aprendices de periodismo nos preguntamos qué hacer ahora, por dónde seguir; pero también millones de lectores de sus ficciones nos preguntamos hacia dónde deberíamos orientar las miradas y los oídos a la pesca de nuevas narrativas. Hay un tercer grupo de sus seguidores, uno que junta a los dos primeros en una corriente que el maestro tucumano bautizó como “ficciones verdaderas” que es la continuación de un género que se conoció como “nuevo periodismo”, “periodismo literario” y/o “paraperiodismo” que también nos preguntamos cómo seguir.
Martínez fue uno de los pocos que, en medio de tanto apocalíptico, se animó a integrar al periodismo a la narración desde una postura clara, con fundamentos teóricos y desprovista de visiones hipócritas: “los cínicos no sirven para este oficio” escucha detrás de él y cuando Tomás vuelca la cabeza ve, un poco más allá a Kapuściński, a quien saluda con un suave ademán. Saben que tienen mucho tiempo para ponerse al día.
Para comprender mejor la importancia de la obra de Tomás Eloy Martínez se debe partir de la precisión de que no sería preciso ponerles género a sus libros: mientras que algunos son sesudos ensayos escritos con la soltura de un cuentista, otros pueden ser novelas profundas con la investigación que requiere cualquier reportaje, de esos que pueden desestabilizar gobiernos. Los cierto es que su obra es prolífica y ha sido traducida a varios idiomas.
Sus novelas acerca de los líderes de uno de los momentos políticos más álgidos en Argentina (La novela de Perón y Santa Evita) son capitales para entender mejor la historia de los populismos. La pasión según Trelew es otra joya en la que la historia se convierte en la Historia, puede ser leído como el relato de las masacres de cualquier dictadura latinoamericana y algunos de sus artículos como el célebre El periodismo vuelve a contar historias (La Nación, Buenos Aires, 21 de noviembre de 2001) circula como sustancia psicotrópica ilegal entre los estudiosos del periodismo, pues es uno de los escasos textos que teorizan sobre las características fundamentales del periodismo narrativo, mientras que su Ficciones verdaderas indaga en las esquinas oxidadas de la Historia y encuentra allí las fuentes reales de algunas de las historias más increíbles de la novelística en una suerte de Aleph de la literatura universal.
Mientras camina calmo junto a su Susana, en ese Valhala de las letras, Tomás mira a maestros y pares: pasa al lado de Hemingway, y le parece reconocer al Martí cronista, reconoce los ojos duros de Gumucio Quiroga y más allá… más allá.